Hoy, al leer un poema que ha publicado una amiga,
he recordado los días de angustia, impotencia y pena
que causaban en mi alma tus silencios y tristeza.
Esta última escondías entre alguna impertinencia,
que a veces repercutía fuertemente negativa,
dolorosa y malherida en mi ya eximia paciencia.
Te sacaban de tu estado de estupor ante lo incierto
las campanas de la iglesia,claras, firmes y seguras.
Despotricabas nervioso. Te hacía daño el sonido
que, por hacerte hablar un rato, defendía sin mesura
hasta lograr la sonrisa, grito o alguna palabrota
que descargaban tu alma ante su derrota futura.
A día de hoy me pregunto qué te decían las campanas.
¿Quizá fuera su sonido de aquella infancia lejana,
de la iglesia y de su plaza frente por frente a tu casa?
¿O puede que alegres carreras durante sacras procesiones
en que tú y tus amigachos iban con el santo a cuestas?
¿Cuando obligaban al niño a asistir al santo oficio
sabiendo que quien lo ofrece acumula vicios miles?
¿Recuerdas aquel sonido repiqueteando triste
cuando enterraste al hijo, a la mujer, al amigo?
Lo mismo cada toque anunciador de las horas
te recordaban el tiempo que te quedaba en tu alcoba.
En tu casa. En tu vida. Que se acercaba tu aurora.
¡Y se acercó y, por supuesto,siguen sonando campanas
y con ellas mil recuerdos!" Pa-pá" suena en cada toque.
Y yo,con cada sonido, sonrío... te hablo...te vivo.
Otro recuerdo a Sebastián Suárez, mi padre