La noche está fríay,tras mi ventana
una luz me llama.
Brillante. Impaciente.
Vuelvo la mirada
y la veo tranquila,
segura y silente.
La observo mirarme
vestida de nuevo
con fulgor radiante,
la luna primera
de otro mes de enero.
Aunque hace tiempo no escribo,
Después de la frugal cena, cansada y
arrastrando sus doloridos pies, se dirige a la terraza. La vieja mecedora la
espera, como siempre, silenciosa y acogedora. Se ha logrado crear una perfecta complicidad entre ellas. Acomodándose
con algo de trabajo en su querida compañera, pasa una mano por su pelo, oteando
al tiempo el horizonte de la estrecha calle que se extiende ante su vista.
Suspira intensamente. Comienza la rutina que cada día espera con ansia y culmina
después de cenar.
- “Lo sé”- susurra-
Todo lo conseguía a
fuerza de silencios y miradas. Desde el andén de salidas, donde él se
encontraba y elucubraba, no dejaba de observar sin disimulos el de llegadas:
ella estaba a punto de aparecer en el expreso de las siete. Lo miraría, como
siempre, saludándole con una ligera inclinación de cabeza y una mirada
cómplice. Sus ojos, enredados durante segundos, se decían diariamente lo que
nunca les dejaron decirse con palabras.
¡Mamá!...¡Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaa!. ¡Voy a casa de
Maribeeeeelll!!. …y la chiquilla corrió como una exhalación antes de que la
madre, atareada en exprimir su imaginación en la preparación de la comida
principal del día, acertara siquiera a
darse cuenta de lo que decía la algarabía andante en que se estaba convirtiendo
su niña…”¡¡Dios mío!! – pensó - ¡Qué día de Reyes tan difícil!””…La pequeña,
mientras, trotaba más que otra cosa mirando ilusionada sus regalos: su preciosa
muñeca y su hermosa maletita, dentro de la cual danzaban alocadamente el
portalápices, la goma y una libreta azul que ponía “Cuaderno” con una letra que
la hacía soñar con algo indefinible aún, pero que, solo de pensarlo, sentía
unas cosquillas, como cuando se comía, de vez en cuando, una bolsita de sal de
frutas…”¡Ja!.Maribel se va a quedar muda cuando vea mis regalos”- pensaba
ilusionada y feliz .Con el corazón acelerado toca a la puerta con respeto y, en
el fondo, temerosa: el padre de Maribel es el farmacéutico del pueblo, pero no
impone solo por ello. Es un señor muy serio, alto y grueso que jamás sonríe y
siempre mira con cara rara a todo el mundo. Pero no asoma el padre. Maribel
abre la puerta y tira del brazo a Rosi: sin oírla; sin mirar la muñeca y casi
tirando la maletita sonora porque sus ocupantes se quejaban del maltrato,
pobrecitos,-pensaba la niña- corren por el gran jardín y, a la entrada de la
cocina, el frenazo físico casi la tira al suelo. El frenazo mental fue excesivo
para sus siete años…La cocina era una extensión de cocinitas, muñecas de todo
tipo -¡la negrita era divina!-,un cuarto de baño en miniatura, ropa, ¡una
bicicleta!.Rosi no salía de su asombro…Jugaron y ayudó a bañar a las muñecas. Volvió
a casa y, el caminar, esta vez, era pausado. Raro. Acariciaba suavemente a su
muñeca y pensaba, ”¡Qué porras. Yo también puedo jugar! ”. En casa, un rato más
tarde, la madre de Rosi oyó un llanto desgarrador que procedía del cuarto de
baño. Voló más que corrió y, al abrir la puerta, vio a su hija con los restos
de la preciosa muñeca hechos añicos en el lavabo, en sus diminutas manos y,
sobre todo, en su corazón…La madre no habló. Su mirada expresaba tanto dolor
que Rosi, hipando cada vez más despacio, relegó el llanto a algún nivel de
comprensión infantil y dio paso a una solidaridad con su madre, tan fuerte, que,
secándose los ojos con una mano y levantando del suelo la hermosa maleta con la
otra, le dijo muy seria: “Mamá, ¿la maleta es también de cartón?”. ”Sí, hija”.
“Bueno, cuando esté sucia la limpio con un trapo, ¿vale?” y, al llegar al
pequeño patio, se sentó bajo la parra, sacó la libretita, miró la palabra
“Cuaderno” y supo que algún día escribiría sobre el porqué de lo que había
pasado. Por qué tanto y tan poco. Sobre todo, ¿por qué era más dolorosa la
mirada de su madre que el haberse quedado sin su preciosa muñeca?.” ¡Cuaderno”!
.Entonces, abrió el portalápices y comenzó a imitar las hermosas letras de
molde. En cada trazo, una lágrima. En cada suspiro, un poquito de esperanza